Apertura de cursos del Sistema Universitario Español
Discursos
Discurso de Su Majestad el Rey en la inauguración del Curso Universitario 2019/2020
“Para mí, es un orgullo y siempre un gran honor presidir cada año la inauguración oficial del curso universitario para toda España. Y en esta ocasión me alegra mucho hacerlo en una tierra como Galicia, por la que sentimos tanto cariño, y en una universidad tan joven y moderna como la Universidad de A Coruña que hoy nos acoge.
Sin duda, nuestro sistema universitario, forjado a lo largo de 40 años de democracia, ha contribuido decisivamente a la articulación de nuestra sociedad y ha sido crucial para que, durante estos años, la igualdad de oportunidades entre los ciudadanos y la contribución del conocimiento a nuestro desarrollo hayan crecido notablemente. Y es crucial e incuestionable que nuestras universidades, como vanguardia de la sociedad y una apuesta constante por el futuro, sigan desempeñando ese papel.
Así pues, los pilares de nuestra universidad son sólidos. España se encuentra entre los 10 países con mayor productividad científica del mundo —la mayor parte de la cual proviene del ámbito universitario— y ha construido un sistema de educación superior cohesionado que permite una formación de alta calidad en todo el país. Es una realidad que las universidades españolas forman profesionales muy bien preparados, al igual que las del resto de los países más avanzados.
Si bien durante los años de crisis la actividad de la Universidad se vio gravemente afectada, sin duda todo el sistema universitario logró mantener su funcionamiento gracias al compromiso y esfuerzo de su personal: profesores, investigadores y demás trabajadores, quienes han hecho posible preservar la calidad universitaria. Sin duda, este esfuerzo ha permitido que el sistema universitario español también mantenga una posición relevante en el ámbito internacional.
Sin embargo, los retos que afronta España en los próximos años en el contexto de la educación superior no son pocos. Me refiero a cuestiones como la mejora de la inserción laboral de los recién graduados, la modernización del currículo de sus estudios, una mayor internacionalización o la contratación de personas con talento investigador que hayan desarrollado parte de su carrera profesional en el extranjero. También me refiero a las nuevas formas de transferencia de conocimiento, el fomento de las vocaciones científicas y los retos educativos de primera magnitud asociados a los procesos de digitalización y robotización en el trabajo.
Colectivamente, debemos ser conscientes de que la tecnología y la automatización inteligente dominarán cada vez más aspectos de las profesiones cualificadas, y que esto ocurrirá a un ritmo vertiginoso. La forma en que estos fenómenos impactarán el mundo laboral y social será una realidad que tendremos que afrontar como sociedad en los próximos años; también, por supuesto, desde la universidad. Ante este escenario inminente, las instituciones educativas deben estar preparadas para afrontar la inminente transformación tecnológica.
Por ello, es necesario plantearse cuanto antes cuál es la mejor manera de preparar a nuestros jóvenes para los nuevos empleos digitales, muchos de ellos aún por definir, y qué soluciones educativas son las más adecuadas para escenarios cada vez más complejos.
Es, sin duda, un reto complejo. La Universidad también debe garantizar que toda la comunidad estudiantil reciba la formación suficiente para evaluar los riesgos, las expectativas y las oportunidades del futuro, de modo que los avances técnicos puedan orientarse en beneficio de la sociedad en su conjunto. Finalmente, esto debe hacerse sin dañar los puentes de transmisión de todo nuestro patrimonio cultural y el conocimiento humanístico que nos define.
Por lo tanto, será necesario fortalecer los estudios de tecnología e informática ─ya que, en cierto modo, ser competente en estas disciplinas será el equivalente moderno a saber leer y escribir en siglos pasados─; sin olvidar que los problemas más acuciantes que nos plantea hoy el desarrollo científico-tecnológico nos remiten a preguntas que necesariamente deben tener en cuenta conceptos y conocimientos humanísticos. Los sistemas universitarios del siglo XXI deben, por tanto, combinar una doble función: desempeñar un papel fundamental en la nueva economía y, simultáneamente, reivindicar rigurosamente su espíritu crítico como parte de su compromiso social.
Actualmente, muchas voces advierten de una crisis en la idea misma de universidad. El reto reside en adaptar una institución con tantos siglos de historia para que siga siendo central hoy y mañana, incluso al ritmo de los acelerados cambios de nuestro tiempo. La propia expresión “Universitas” —como todo universitario sabe— alude a la universalidad del conocimiento y fue también, desde su origen, el término con el que se nombró al gremio para proteger los intereses de las personas comprometidas con la profesión del conocimiento.
Por ello, estoy convencido de que la Universidad mantendrá un papel relevante en las sociedades futuras, preservando ese carácter germinal, el de una institución que favorece espacios de encuentro con el conocimiento, no sólo para todos los miembros de la comunidad académica sino para el conjunto de la sociedad en general; espacios desde donde poder innovar y también reflexionar, desde donde medir y orientar muchos de nuestros avances, y también, cuando sea necesario, desde donde recibir alertas sobre los riesgos que hemos de afrontar con mayor rigor y certeza.
Señoras y señores,
A finales del siglo XIX, la Institución Libre de Enseñanza elaboró un catálogo de principios a los que se proponía ser fiel. En concreto, la educación debía facilitar una formación profesional que preparara a los estudiantes para ser científicos, abogados, médicos, ingenieros, escritores… pero, como decía su programa educativo de 1876, «sobre eso, y antes de todo eso, personas capaces de concebir un ideal, de gobernar con sustancia su propia vida y de producirlo mediante la conjunción armoniosa de todas sus facultades».
Este espíritu, este ideal, debe acompañar cualquier proceso de modernización educativa. Formar especialistas y profesionales de la más alta calidad, sin descuidar nunca la necesidad y el objetivo de que los estudiantes puedan experimentar intelectual y vitalmente su propia formación.
Porque un objetivo irrenunciable de la Universidad debe seguir siendo el de formar ciudadanos cultos y con capacidad de juicio; personas comprometidas con el futuro de su comunidad, de su sociedad, atentas a la novedad y al conocimiento; hombres y mujeres, en definitiva, que contribuyan a sostener una sociedad democrática, autocrítica y abierta a un mundo globalizado, interdependiente e interconectado.
Muchas gracias”.
Discurso del Rector de la Universidad de A Coruña, Julio Abalde Alonso
“La Universidad de Coruña tiene el honor de acoger el solemne acto de apertura del curso académico 2019-2020 del sistema universitario español.
Nos complace que esta primera visita del jefe del Estado a nuestra universidad coincida con nuestro trigésimo aniversario y contar con la compañía de autoridades, representantes de entidades e instituciones y los máximos responsables de un buen número de campus españoles.
Permítanme, en primer lugar, felicitar a la profesora Amparo Alonso, catedrática de la Facultad de Informática y presidenta de la Asociación Española de Inteligencia Artificial, por la magnífica lección con la que inauguró este evento. Muchas gracias, Amparo.
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La Universidad de A Coruña pertenece a la generación de campus públicos españoles nacidos al amparo de la Ley de Reforma Universitaria de 1983.
Somos una de esas universidades públicas que en las últimas tres décadas hemos contribuido a facilitar el ejercicio del derecho a la educación superior, con todo lo que ello implica para la elevación del nivel cultural y profesional, para la cohesión y la equidad social y, en definitiva, para el progreso social, económico y cultural de España.
En los centros de A Coruña y Ferrol trabajan más de 2.200 personas (de las cuales 1.400 son personal docente e investigador) y estudian más de 19.000 alumnos. La savia de nuestras aulas se renueva cada año con la llegada de más de cuatro mil jóvenes.
Con la creación de la Universidad de A Coruña, se estableció un nuevo centro para el cultivo y la difusión del conocimiento y la investigación científica en el norte de Galicia y España. Un motor estratégico para el desarrollo local y regional, así como para la innovación en colaboración con las administraciones públicas y las empresas.
A lo largo de estos 30 años hemos crecido y consolidado nuestra oferta académica y nuestra capacidad científica y hemos multiplicado la transferencia de resultados a nuestro entorno socioeconómico.
Hemos afrontado los cambios y las exigencias de los nuevos tiempos como oportunidades para perfilar nuestra identidad y dar pasos relevantes en la mejora e internacionalización de nuestros campus.
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Se prevé que el papel central de las universidades aumente progresivamente en los próximos años. El posicionamiento estratégico de las universidades españolas será cada día más decisivo y necesario en un mundo cada vez más globalizado e inmerso en un cambio progresivo del modelo económico.
Las universidades españolas están preparadas para afrontar estos cambios; contamos con un buen sistema universitario. Buenos campus, de los que salen estudiantes bien preparados. Buenos campus, que son los principales centros de investigación científica del país.
Recordemos que, a pesar de lo engañosas que puedan ser las comparaciones, a pesar de las marcadas diferencias en financiación, los tres rankings internacionales más prestigiosos sitúan a más de la mitad de las universidades españolas y al 84% de las públicas entre las 1.000 mejores del mundo.
Pero necesitamos una revisión exhaustiva del marco legal. Necesitamos una nueva legislación estatal que garantice una financiación estable y suficiente. Una nueva regulación que otorgue a las universidades la autonomía necesaria para el desempeño de sus funciones académicas y científicas y su papel reforzado en el sistema español de I+D, sin las trabas burocráticas que minan su competitividad y eficiencia.
Es urgente dotarnos de los instrumentos legales y los recursos financieros adecuados para evitar la fuga de talento y poder atraerlo. Nos complace (y agradecemos) contar con la colaboración de empresas privadas en programas como Intalent en la Universidad de A Coruña para recuperar y atraer talento investigador, pero necesitamos autonomía y el apoyo de las administraciones públicas para desarrollar más programas de captación.
Vivimos en una época de profundos cambios sociales y económicos, generados a un ritmo vertiginoso por factores tan determinantes como los espectaculares avances tecnológicos que nos sorprenden casi cada día.
La adaptación al cambio se ha convertido en una de las mayores fortalezas individuales y colectivas de las universidades, obligadas como nadie a leer con rigor los nuevos procesos y los nuevos retos sin caer en las trampas de las modas y las iniciativas cortoplacistas o coyunturales.
Nuestras misiones tenemos claras, así como nuestro compromiso presente y futuro con la agenda renovada que la Unión Europea promueve en las universidades, así como con los Objetivos de Desarrollo Sostenible de la Agenda 2030 de la ONU.
Pero es fácil ver que las universidades españolas afrontan la nueva década en condiciones manifiestamente inferiores.
Los ajustes y recortes aplicados durante la crisis nos han dejado con 10.000 millones menos de financiación. Una pérdida así afecta muy gravemente a nuestra financiación estructural y lastra el enorme potencial de nuestros campus.
Ahora nos toca afrontar la recuperación del terreno perdido. Es hora de establecer un marco presupuestario suficiente y a la altura del carácter, que afirmamos, estratégico de nuestra función académica y científica.
Europa se había fijado el objetivo de alcanzar una inversión del 3% del PIB en I+D+i para la década que termina. En España, con un 1,20%, estamos lejos de alcanzarlo. Si afirmamos que la inversión en educación superior e I+D es la base de la competitividad presente y futura de la economía española, debemos actuar en consecuencia. Así es como la sociedad y las autoridades públicas deberían entenderlo.
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Miles de estudiantes se han incorporado estos días a las aulas de las facultades y escuelas de nuestros campus.
Al inicio del curso, debemos renovar nuestro compromiso con nuestros estudiantes: la responsabilidad de ofrecerles una educación de calidad y el compromiso con la búsqueda constante de la excelencia que caracteriza a las buenas universidades, que define a los buenos estudiantes universitarios. No está de más recordarlo.
Compromiso que se traduce en avanzar en nuestro proceso de internacionalización; en actualizar permanentemente las metodologías e instrumentos de aprendizaje; en ampliar la conexión con el entorno profesional a través de prácticas; en garantizar becas y ayudas para que la igualdad de oportunidades sea efectiva; en ofrecer, en definitiva, un entorno de estudio y trabajo acorde con las necesidades, ilusión y expectativas del alumnado.
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Comienza el curso académico 2019-2020 y deseo a todas las comunidades universitarias un buen año académico.
Muchos aspectos de nuestras obligaciones con la sociedad, que nos gusta definir como estratégicas (porque, ciertamente, lo son), van mucho más allá de indicadores objetivos, cifras, créditos y partidas presupuestarias.
El hecho de que el paradigma tecnológico determine la centralidad de las universidades en la sala de máquinas de la sociedad del siglo XXI debe reforzar nuestra obligación de proporcionar a los estudiantes una base sólida de formación intelectual, además de la formación profesional.
La sociedad nos mira como referentes, no sólo académicos y científicos, sino también de valores humanísticos, sociales y culturales, que deben permear nuestro quehacer diario.
Los valores inherentes a una sociedad abierta y avanzada, como el compromiso con el desarrollo sostenible, la cohesión social, la igualdad de oportunidades, la integración o contra la violencia de género y cualquier tipo de discriminación.
Valores, asimismo, como la promoción de nuestra cultura y nuestra lengua, la antigua lengua gallega con la que finalizo este discurso. La lengua oficial de la Universidad de A Coruña, que define nuestra personalidad y nuestro carácter, que nos abre al mundo y que conecta a Galicia y España con una amplia comunidad cultural más allá de nuestras fronteras.
Gracias a todos por compartir con nosotros hoy, en nuestro Paraninfo, este día tan especial para la Universidade da Coruña.
Moitas grazas. Muchas gracias”.
Discurso del presidente de la Xunta de Galicia, Alberto Núñez Feijóo
“Estamos a las puertas de una nueva década. Estamos en la universidad, que es un faro para contemplar ese horizonte inmediato.
El lema de la sede universitaria donde ahora nos encontramos menciona precisamente la luz que sirve de referencia, marca el camino y disipa la oscuridad.
Así como los navegantes tuvieron durante siglos la iluminación de la cercana Torre de Hércules, también la Universidad en su conjunto tiene una misión de orientación e inspiración especialmente necesaria en estos tiempos.
Ante la llegada de la nueva década, existen dos actitudes antagónicas que corresponden a dos filosofías políticas, sociales y económicas dispares. Una se resume en la pregunta de «qué va a pasar», es decir, qué nos espera en un destino que no podemos controlar ni mucho menos alterar.
Una posición así supone actitudes límite en lo apocalíptico porque en ese futuro en el que sólo seríamos sujetos pasivos no suele haber elementos tranquilizadores.
Pero esa pregunta que presenta el futuro como una circunstancia climática inexorable tiene su contrapunto en una pregunta muy diferente. La pregunta no es «qué va a pasar», sino «qué vamos a hacer». La respuesta está en la sociedad, en las instituciones, pero sobre todo debe estar aquí, en la Universidad. Es aquí donde el futuro se anticipa, se moldea y deja de ser una amenaza para convertirse en una oportunidad.
No sólo porque es en las aulas y centros de estudio donde los profesionales del mañana adquieren conocimientos, sino también porque el conocimiento, el debate y la reflexión bullen en la comunidad universitaria.
La Universidad ha sido casi siempre como la incansable exploradora y descubridora de territorios que parecían prohibidos por la ignorancia, el oscurantismo y la superstición.
Han pasado más de 500 años desde que Lope Gómez de Marzoa fundó una de las universidades más antiguas del mundo, la de Santiago de Compostela, y desde entonces ese claustro anticipatorio permanece.
Por eso este es un lugar ideal para reflexionar sobre la próxima década, especialmente sobre dos aspectos que preocupan a quienes compartimos los ideales democráticos: la fragmentación social y la consideración de la verdad como algo molesto o en todo caso prescindible.
La raíz etimológica de «universidad» nos remite a la idea de comunidad. «Ayuntamiento», como lo llama Alfonso X el Sabio en sus Partidas, el mismo que tuvo el gallego como lengua de cultura.
La universidad propende por el objetivo de una mente colectiva capaz de afrontar los retos del conocimiento y su transmisión.
Podemos encontrar un impulso similar en la democracia, en el desarrollo de grandes naciones como España, en el nacimiento de estructuras como la Unión Europea o en la génesis de organizaciones de cooperación internacional.
Sin embargo, en la actualidad existen diversos factores que cuestionan la voluntad de encontrar lo “común” que une a las personas y a los pueblos, para sustituirla por la búsqueda de elementos de división y fragmentación.
He aquí un dilema que sin duda estará presente en la próxima década y que otorga a la Universidad un papel muy relevante como nexo de unión o como “Parlamento” del conocimiento.
Utilizo la analogía entre la Universidad y el Parlamento porque ambos expresan el deseo, muy humano, de cooperar para abrir nuevos caminos de entendimiento. No es casualidad que ambos sean blanco predilecto de críticas por parte de quienes abogan por enrarecer la coexistencia entre los pueblos.
Otro desafío presente en nuestros días, y que quizás se agudizará en la década que nos espera, afecta a la verdad. Si en épocas pasadas el enemigo de la libertad era la verdad entendida como algo único, inmutable e imperativo, en los tiempos que nos toca vivir, el peligro proviene de quienes la dan por muerta.
Vemos en la Universidad una vanguardia decisiva en la defensa del principio de que no existe una verdad única como antes, ni una posverdad como algunos pretenden establecer ahora, sino verdades que evolucionan, dialogan entre sí y ofrecen respuestas estables a la convivencia y al conocimiento. Sin verdades compartidas, ese conocimiento se dificulta, y la democracia misma se vuelve más frágil y queda a merced de sus adversarios.
Su Majestad, damas y caballeros. Deseamos que la próxima década sea una “década de luces” para el mundo, y en ese propósito la Universidad tiene un papel protagónico, como lo ha tenido en los momentos de nuestra historia iluminados por la libertad y el progreso.
Los gallegos lo sabemos sobre todo porque nuestras libertades siempre estuvieron cobijadas en nuestra Universidad, cuando fuera de sus muros reinaba lo que Celso Emilio Ferreiro calificó como la “larga noche de piedra”.
La Universidad ha sido y es parte fundamental de Galicia. Lo es porque refleja ese afán de unión que caracteriza a nuestro pueblo.
Recientemente, durante un viaje a la República Argentina, recordé cómo nuestra emigración bautizó a sus entidades cívicas. Términos como “agrupación”, “hermandad”, “reunión” o “comunidad” son frecuentes y dan testimonio de la culminación de un largo camino que comienza en los fuertes aislados y tiene como meta esta Galicia familiar, española y europea.
Por eso Galicia ha hecho de la Universidad, durante estos años de democracia y autogobierno, una de las joyas más preciadas, y en correspondencia nuestras tres universidades han sido un ejemplo de cooperación institucional, adaptación y servicio a la comunidad.
Galicia ha sido capaz de crear un sistema universitario formado por tres universidades que actúan cada vez más en armonía, lo que está relacionado con lo que decíamos antes de la lucha contra la fragmentación.
La diversidad no fragmenta. La defensa de identidades inclusivas no conduce al aislamiento ni a la desconfianza, como lo demuestran las universidades y la propia comunidad gallega en su relación con los demás pueblos de España y Europa. Son nuestras universidades, que suman. Es Galicia, un pueblo que crece sumando voluntades.
También existe en esa simbiosis de Galicia con su Universidad un factor europeo que debo destacar en un acto como este. Junto al Camino de Santiago, hay otro casi tan antiguo, intelectual y no orográfico, marcado por las relaciones entre los estudiantes universitarios y las universidades europeas.
Por ejemplo, en la relación epistolar que mantienen Alonso de Fonseca y Erasmo de Róterdam, existe un germen de lo europeo que se combina con el viaje de los peregrinos hacia Compostela. La Galicia europea surge de ambos caminos, que se perpetúan a estas alturas del siglo XXI y alcanzarán un nuevo clímax en el Año Santo de 2021, dentro de esa década ya inminente.
Majestad, damas y caballeros. Hace mucho tiempo, con motivo de la inauguración del curso universitario en Salamanca, Miguel de Unamuno dirigió a quienes lo criticaban con palabras que no han perdido vigencia para diferenciar la democracia de las diversas formas de autoritarismo.
«Ganarás, pero no convencerás», dijo el escritor. En democracia, se gana en las elecciones, pero lo esencial es convencer mediante la razón, esa herramienta universitaria por excelencia.
Los españoles llevamos varias décadas practicando esta «democracia de convicciones» en la que las derrotas y las victorias políticas son siempre reversibles y provisionales.
Bien podemos afirmar que el espíritu universitario basado en el convencimiento se traslada a toda la nación para construir entre todos una democracia que, sin falsa modestia, pueda calificarse de ejemplar y en la que la Corona tenga una función de síntesis.
Se sintetiza entre épocas, entre formas de pensar, entre territorios y culturas. La Monarquía parlamentaria, representada ayer por Don Juan Carlos I y hoy por Don Felipe VI, nos une en torno a verdades compartidas.
De su mano, y contando con la Universidad convertida en faro, la nueva década, la década de nuestro Jacobeo, la «década de las Luces» se vislumbra llena de esperanza.
Muchas gracias.”
Discurso del ministro de Ciencia, Innovación y Universidades, Pedro Duque
Es un placer estar aquí hoy, en la apertura del año académico de las universidades españolas.
Su Majestad, quiero agradecerle su presencia en esta solemne ceremonia de inauguración del curso académico 2019-2020. Nos honra el profundo compromiso de la Casa Real con la misión de la Universidad Española: contribuir al progreso de la sociedad mediante la transmisión del conocimiento accesible a todos, la investigación y la transferencia de conocimiento. Estas áreas cruciales para el presente y el futuro del país son las que competen al Ministerio que me honro en dirigir, áreas que afrontan enormes desafíos, como ha quedado claro en las presentaciones que me han precedido.
Señor Rector, es una gran satisfacción celebrar el inicio del curso académico en la Universidad de A Coruña, celebrando el trigésimo aniversario de una institución joven que alberga a casi 20.000 estudiantes y que ha sido fundamental en el desarrollo de una región innovadora y pujante.
Me sumo a la felicitación de la profesora Amparo Alonso, quien trabaja en un campo estratégico, la “nueva electricidad”, que no solo es prioritario para el Ministerio de Ciencia, Innovación y Universidades, sino para todo el Gobierno. Tenemos el firme compromiso de fomentar y apoyar la investigación y favorecer la existencia de entornos propicios para su desarrollo, pero también tenemos la obligación de asegurar que estos avances se produzcan en condiciones que garanticen el beneficio compartido, preserven los derechos civiles y los valores democráticos, y anticipen los efectos que plantea la rápida introducción de la Inteligencia Artificial en ámbitos sociales básicos. Estos son los elementos esenciales de la Estrategia Nacional de Inteligencia Artificial en la que estamos trabajando y que se hará pública antes de que finalice el año.
Recogiendo el testigo de los rectores que me han precedido en el parlamento, quisiera también destacar el enorme dinamismo y la calidad de las universidades españolas. A pesar de sus problemas estructurales y las enormes dificultades experimentadas durante los largos años de crisis, han sabido mantener e incluso mejorar sus capacidades y resultados, como demuestran los datos que ya nos han presentado en sus intervenciones.
Aunque ya se ha mencionado, me gustaría destacar el papel de las universidades españolas en el programa “Universidades Europeas”, el nuevo marco de alianzas entre campus que permitirá la movilidad de estudiantes, investigadores y profesores, y que va más allá del programa Erasmus. Es una clara apuesta por la competitividad de nuestras universidades, y es un orgullo que once universidades españolas hayan sido seleccionadas hasta la fecha para participar en los 17 campus europeos, tres de las cuales también actúan como coordinadoras de sus respectivas alianzas. La semana pasada estuve en Bruselas para la Cumbre de Educación y quedó claro que España es uno de los países con mayor éxito en este programa, algo que es mérito de las universidades y que demuestra su calidad.
Como país europeo, seguiremos apoyando este programa, así como trabajando para mejorar nuestro sistema universitario, como se recomienda en el informe sobre Educación presentado durante la Cumbre. Todos somos conscientes, como hemos escuchado hoy, de la necesidad de modernizar algunos aspectos clave del sistema universitario español. Con mayor razón si queremos que las universidades sean actores centrales en la nueva economía y sigan siendo instituciones esenciales en los nuevos entornos sociotecnológicos que se prevén.
Esto requiere que, como sociedad, consideremos qué reformas son esenciales para lograr universidades más autónomas, competitivas y responsables con las sociedades en las que se insertan. Reformas que les permitan ser más innovadoras, más contemporáneas, más comprometidas y con mayor capacidad para afrontar las nuevas demandas de la sociedad.
Repensar cómo queremos que sean nuestras instituciones académicas es una de las prioridades del Ministerio. Ha llegado el momento de que el sistema universitario cuente con un nuevo marco regulatorio, una nueva Ley Universitaria que garantice la flexibilidad necesaria para que puedan desarrollar sus propios modelos estratégicos, crear entornos para la generación de talento y desarrollarse en un contexto global cada vez más competitivo. Esta nueva Ley Universitaria deberá proponer reformas que resuelvan los déficits crónicos del sistema universitario español, como abordar un nuevo marco de gobernanza institucional, promover la internacionalización, habilitar mecanismos que permitan atraer tanto a jóvenes investigadores como a científicos consolidados, o favorecer el papel de las universidades como motores de las economías regionales y su tejido productivo.
Hay dos áreas que me gustaría destacar porque las considero esenciales. Por un lado, la adaptación de la formación a la nueva realidad laboral. Según datos de nuestro propio Ministerio, la inserción laboral de los titulados universitarios españoles es mucho mayor y más positiva en comparación con el conjunto de la población sin estudios superiores, pero presenta importantes desajustes. Si bien el grupo de titulados universitarios presenta tasas de empleo más altas y casi la mitad de la tasa de paro que los no titulados, los niveles de sobrecualificación son muy elevados en comparación con la media europea. Esta realidad nos exige, como representantes públicos, ayudar a las universidades a modernizar y adaptar la formación a las necesidades del empleo futuro.
Por otra parte, es fundamental preservar la equidad y garantizar que el conocimiento y la educación superior se consideren bienes comunes. En materia de docencia, la universidad no solo cumple una función formativa, sino que también debe mantener un compromiso educativo. Como generadora de conocimiento, debe comprender los verdaderos desafíos de las sociedades avanzadas y expandir continuamente la frontera del conocimiento en esa dirección. Como institución social, debe difundir y compartir resultados y conocimientos, fomentando el encuentro con otros actores sociales y constituyendo un instrumento de justicia en la distribución de oportunidades.
Majestad,
No vivimos tiempos fáciles, ni para las universidades ni para la sociedad en su conjunto. Pero en el Ministerio de Ciencia, Innovación y Universidades seguimos trabajando día a día para mejorar la eficiencia en el uso de los recursos y promover su continuo incremento. El Gobierno está firmemente comprometido con la modernización de España y con un sistema productivo basado en el conocimiento y la innovación, al que las universidades contribuyen decisivamente.
Sé que cuento con vuestro apoyo y con el de todos los que estamos en esta sala para lograr los objetivos que os he presentado, objetivos que nos llevarán a tener una sociedad más formada, más justa, más solidaria y más libre.
Más creativos e innovadores y, por tanto, más prósperos.
Muchas gracias”.
Discurso del presidente de Crue Universidades Españolas, José Carlos Gómez Villamandos
“En estos minutos, cuando Su Majestad me permite dirigirme a los asistentes en nombre de los rectores y rectoras, por lo que les agradezco sinceramente, quiero comenzar felicitando a los responsables de este brillante evento, especialmente al rector Abalde, quien sé que ha cuidado cada detalle para que todos nos sintamos como en casa y que este evento tenga la solemnidad que merece la inauguración del curso universitario por parte de Su Majestad el Rey. Gracias, querido Julio. Y muchas gracias a las personas que conforman la Universidad de A Coruña por la brillante labor que realizan al servicio de la sociedad.
Sois un claro ejemplo del extraordinario valor de nuestro Sistema Universitario, que me veo obligado a recordar, en un ejercicio de responsabilidad, está condicionado por el estancamiento de las soluciones con las que debemos afrontar el día a día y el futuro a medio y largo plazo.
Cuanto más nos acercamos a la naturaleza del problema, más encontramos posturas arraigadas en intereses partidistas o postulados ideológicos que nos impiden avanzar en la búsqueda de las soluciones que necesitamos. Basta con analizar las numerosas declaraciones, estudios sesgados, cuando no titulares impactantes, que solo estudian las variables de interés para obtener un resultado predeterminado. Es fácil ver que hay quienes se dedican más a buscar debilidades o fallas que a resolver los problemas estructurales que anclan a nuestro país y le impiden despegar como debería en el futuro.
Vivimos en una época en la que la opinión predomina sobre la información y la realidad, basándose en argumentos infundados, cuando no son intencionados. Con declaraciones que buscan socavar la reputación de la universidad, especialmente la universidad pública. Hacer tales declaraciones es cuestionar la formación de nuestros médicos, abogados, ingenieros, arquitectos, enfermeros… miles de graduados que ejercen con una profesionalidad y cualificaciones más que probadas, siendo piezas clave para el desarrollo de nuestro país. Hacer tales afirmaciones es tremendamente irresponsable.
A pesar de todo, y gracias al esfuerzo, nunca suficientemente reconocido, de todos los niveles de la comunidad universitaria, España cuenta con un Sistema Universitario sólido y consolidado, referente internacional en numerosas áreas del conocimiento. Somos el segundo país del mundo con más universidades con un 5% de excelencia universitaria por millón de habitantes. Somos la undécima potencia en producción científica de calidad. Somos el séptimo país en eficiencia y eficacia universitaria, con 38 universidades entre las 1000 mejores del ranking de Shanghái y 45 en el ranking THE. Y el resultado de la convocatoria de Universidades Europeas ha sido un éxito.
Todo esto en el contexto de ser la decimotercera potencia económica del mundo, con indicadores económicos inferiores a los de las universidades y con solo siete empresas entre las 1000 primeras del ranking mundial de empresas innovadoras. Todo ello a pesar de que contamos con un presupuesto por estudiante que es una quinta parte del de las universidades de la UE, y con una inversión en I+D considerablemente reducida, a diferencia del crecimiento experimentado en los países de nuestro entorno.
Miren, la realidad, a pesar de todo, es tozuda. La sociedad, los ciudadanos del territorio de influencia de cada universidad, se sienten realmente orgullosos de ella, la sienten como algo propio, hay un sentido de pertenencia, incluso si nunca han pisado sus aulas, porque su creación ha sido un logro de la sociedad, algo que se puede apreciar en las celebraciones de sus aniversarios. El esfuerzo de generaciones ha hecho posible crear, mantener y mejorar nuestras universidades, depositarias de las ilusiones de nuestros jóvenes y generadoras de sus esperanzas; universidades de todos y para todos.
Las universidades han moldeado nuestro territorio, han generado igualdad de oportunidades y equidad; han sido, y son, uno de los principales motores económicos de nuestras provincias, devolviendo 4,3 € a la sociedad por cada euro recibido. Y, lo más importante, han sido un impulsor social insustituible, haciendo realidad las aspiraciones personales y profesionales de muchas familias.
Este ascensor social está en peligro debido a la menor inversión pública, un mercado laboral y una estructura económica desestructurados, que amplían la brecha social y generan enfoques populistas. Un mercado laboral que obliga a nuestros jóvenes a buscar empleo en el extranjero, donde su formación y cualificaciones son valoradas y reconocidas, independientemente de dónde se busquen. Tal como lo reconocen los empleadores en España, como lo demuestran los resultados de las encuestas que realizan las universidades sobre nuestros graduados o estudiantes en prácticas externas.
Lo que hace, lo que la educación universitaria debería hacer en un contexto europeo, es proporcionar a nuestros estudiantes los conocimientos fundamentales necesarios para el desempeño de su profesión, lo que, además de facilitar una mejor estructura cognitiva, les otorga la versatilidad, sello distintivo del estudiante universitario, para adaptarse a un mundo cambiante, donde podrán responder a los retos actuales, como ya lo hacen, y a los retos del futuro que hoy ni siquiera sospechamos. Hablamos de una universidad que mejora la capacidad de pensamiento individual y colectivo, base de la creatividad y la innovación. Así es como debemos prepararnos para el futuro, así lo hemos hecho y esta es la única manera de explicar el desarrollo de la sociedad.
Porque la Universidad forma tanto a nivel profesional como personal. Los valores universitarios han sido esenciales para el crecimiento del país, y el milagro económico y social que ha experimentado España no se puede entender sin la contribución de la Universidad. Pero este éxito, que es el suyo, no nos hace caer en la complacencia. Muchas cosas se han hecho bien, y en otras, sin duda, necesitamos mejorar.
Somos una Universidad en continuo cambio y mejora. No conozco una comunidad universitaria que no sea competitiva y exija a su equipo de gobierno medidas de mejora. No conozco un rector que no quiera mejorar la docencia, la investigación, la transferencia de su universidad o la empleabilidad de sus graduados; que no quiera que su universidad sea un referente e impulsor de la cultura y los principios y valores democráticos. En una situación de crisis económica, nuestras universidades han sido capaces de mejorar sus capacidades y resultados a pesar de vivir momentos de gran incertidumbre y dificultades de financiación que han puesto de manifiesto la necesidad de las reformas estructurales que venimos exigiendo a Crue Universidades Españolas.
Una Ley que queremos que sea fruto del consenso, que responda a objetivos específicos, con líneas generales previamente acordadas y abordadas de forma integral. Una ley que garantice la autonomía universitaria, incluida en nuestra Constitución y en la Carta Magna de la Universidad de Bolonia de 1988, que establece que la universidad debe tener independencia moral y científica frente a cualquier poder político, económico e ideológico; una Ley que garantice los estándares de calidad que tanto nos ha costado alcanzar y que debemos seguir mejorando; una Ley que establezca un marco general de financiación asociado a una rendición de cuentas coherente. Una ley, en definitiva, que nos permita responder mejor a las demandas de la sociedad presente y futura.
Pero esta Ley, siendo necesaria e importante, no puede ser excusa para no afrontar situaciones que asfixian, ralentizan y desaniman al Sistema Universitario. Existen herramientas legislativas que podrían ofrecer una solución casi inmediata a los obstáculos que enfrenta la actividad universitaria en general y la investigación en particular. Debemos tener en cuenta la singularidad de la actividad universitaria y la investigación al legislar, algo que viene ocurriendo desde hace décadas en otros países de la UE.
Quizás los cambios que desde algunos sectores se pretenden para la universidad, y que califican como cambios revolucionarios, no sean más que una actitud reactiva a la auténtica revolución del conocimiento compartido que supone un Sistema Universitario eficaz, eficiente y equitativo.
Su Majestad, Presidente, Ministro, Damas y Caballeros. Una vez más, afirmo que la sociedad del futuro depende de la educación y la universidad del presente, ya que no hay desarrollo significativo en ningún país sin su universidad. Confían en la universidad, la aman, se sienten orgullosos de ella y, sobre todo, nos la exigen. Estoy seguro de que sabremos estar a la altura de lo que la sociedad nos exige y seguiremos siendo el motor indiscutible del progreso social y económico de nuestro país.
Muchas gracias”.
Publicado por:
Oficina de Comunicación de la UDC
